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Corte Suprema ratifica la responsabilidad del Estado en tragedia de Antuco. Aquí la historia de “los niños malditos”

Este Lunes 9 de mayo, la Tercera Sala de la Corte Suprema rechazó el recurso de casación presentado por el Consejo de Defensa del Estado (CDE), ratificando la condena en contra del Estado de Chile, obligando a pagar a este último $25 millones a cada conscripto sobreviviente del ejercicio militar del 18 de mayo de 2005, donde murieron 45 jóvenes que estaban haciendo el servicio militar obligatorio en Antuco.

Ver fallo de la Corte Suprema

Han pasado 11 años de la tragedia en donde 45 niños perdieron la vida cuando realizaban su servicio militar obligatorio. Niños en su mayoría pobres, que con inocencia obedecieron sin más a la oficialidad que recreaba su guerra inexistente. Como ejercicio de memoria, rescatamos parte de su historia, la crónica de una de las tragedias que hicieron un antes y un después en cuanto al servicio militar y los protocolos internos del ejército de Chile. La periodista Verónica Torres nos revela la historia de los jóvenes, sus sueños y su trágico desenlace.

 

La historia de los niños malditos de Antuco

Los Morteros

Uno le decía “tíos” a los oficiales y soñaba con conocer la nieve para hacer bolitas. Otro era rapero y antes de morir ganó fama haciendo un rapa con el himno de su compañía. Un tercero quería ser militar y marchar el resto de su vida. Todos eran parte de la compañía morteros, la más castigada en la peor tragedia que ha vivido el ejército en 100 años. Pasaron un mes juntos. Se hicieron amigos. Pero en la tormenta tuvieron que seguir adelante, disculpándose, mientras sus compañeros se hundían en la nieve. No pueden olvidarlo.

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Foto: Esquina izquierda (haciendo símbolo de la paz) es Nacho, primo de Heriquez. El otro haciendo símbolo de paz es Aqueveque

Por Verónica Torres Salazar*

Osvaldo Contreras venía de Laja y era inocente. Tan inocente que apenas llegó al regimiento Nº17 de Los Ángeles, sus compañeros le pusieron “Contreritas”. Cuando su mamá lo iba a ver al cuartel, él le contaba que estaba contento y que jugaba harto con “los tíos”, como le decía a los instructores. A la señora Eli no le gustaba na` que se hubiera enrolado. Para ella visitarlo era casi como ir a la cárcel. Pero él estaba feliz.

El colmo de su alegría fue cuando le comunicaron que conocería la nieve. No podía creer que los tíos fueran tan buenos. Se sintió igual que en el año 96′ cuando viajó con su mamá a Santiago y la Tía Mimi lo llevó a conocer los aviones. Fue un fin de semana inolvidable. Salieron temprano con una canasta llena de frutas, huevos duros y bebidas. Instalaron una manta cerca de Pudahuel, justo en la ruta de despegue. Contreritas no quería más guerra: los aviones pasaban sobre su cabeza y él saltaba y corría. La tía Mimi le sacaba fotos. De repente, se acercaba y le decía al oído: “tía las ruedas de los aviones son más grandes que yo”. La tía Mimi lo miraba y se le partía el corazón.

En el regimiento sus compañeros se reían de él. Pero Contreritas ni siquiera se daba cuenta. De hecho, jamás entendía las tallas de doble sentido. Con suerte había dado un beso en la mejilla. Apenas empezó a nevar en Los Barros, le pidió al teniente Aguilera que lo sacara del refugio para conocer la nieve. Quería hacer bolitas y tirarlas. El tío Aguilera aceptó y jugó con él.

La risa del Capitán

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En la foto: Contreritas y su madre (día de visita).

Contreritas era parte de la compañía Morteros y llevaba apenas un mes en el Servicio Militar cuando lo llevaron junto a 54 compañeros al refugio de Los Barros, en los faldeos del volcán Antuco.

Los Barros es una zona aislada. El lugar más próximo para guarecerse es La Cortina, a 24 kilómetros de marcha por una senda sinuosa que bordea riscos y precipicios. Entre medio sólo existen las dependencias abandonadas de la Universidad de Concepción.
Durante los siguientes 13 días en Los Barros los soldados debían aprender a sobrevivir en la montaña. El plan contemplaba que el 20 de mayo todos estuvieran de vuelta en Los Ángeles para aprovechar el fin de semana largo.
Los primeros días hizo buen tiempo, los soldados durmieron en carpas y se ducharon con agua helada. Pero pronto el clima cambió y la nieve comenzó a acumularse. El comandante de la compañía, el capitán Carlos Olivares, les ordenó que durmieran en el refugio.

Los ejercicios militares no se detuvieron. A una semana de estar en Los Barros los llevaron hasta un corral, el sector de Veranda Los Pérez. El teniente Aguilera se les puso al frente.
Voy a elegir al soldado más vivo de aquí- dijo desafiante, y los miró uno por uno. –Ya, Bustos ven para acá.
Algunos compañeros se picaron. Encontraban que Bustos era chupamedias y les molestaba que los oficiales le dieran tanta bola. El teniente le pasó una granada y le enseñó como tomarla. Su misión: llegar sin novedad donde el cabo Arévalo, que los esperaba más allá del corral.

Tres minutos después vino la explosión. El teniente Aguilera se dio vuelta y gritó: ¡Bustos! Los soldados estaban petrificados. El cabo Arévalo, que debía recibir la granada, apreció tambaleándose y cubierto de sangre, como si se le hubiera reventado el estómago.
No siento las piernas, mi teniente.
Eso pasa por no obedecer- respondió Aguilera seco. Un camión vino a buscar al malogrado cabo.
El teniente mandó a los soldados a improvisar una camilla y partieron a buscar el cuerpo de Bustos. Luego les ordenó que le dieran a su compañero el adiós final. Todos se cuadraron y saludaron. La mayoría lloraba.
De pronto ocurrió lo inesperado. Bustos largó una carcajada descomunal y se levantó de la camilla apretándose la guata de tanta risa. El teniente se paró al medio de los desconcertados soldados.
¡Bienvenidos a la Instrucción de Primeros Auxilios!- dijo.

El comandante de la compañía, el capitán Carlos Olivares, estaba a unos pasos del corral mirando todo y riéndose. Al capitán, los soldados  lo tenían en un altar y creían que conocía la montaña como la palma de su mano. Por eso, días después, lo siguieron en medio de la nieve tiritando hasta que se les acabaron las fuerzas. Según ha establecido la investigación judicial, Olivares abandonó a la tropa y se protegió en un refugio armado por el sargenteo segundo Avelino Toloza. En ese lugar habían cinco soldados con hipotermia. El capitán Olivares descansó y luego retomó el trayecto sin darle ninguna instrucción al sargento Toloza, quien más tarde también dejó a los soldados a su suerte. Hoy, los dos instructores están procesados por cuasi delito de homicidio.

Gatos Negros

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Cristián e Ignacio. Los primos que murieron abrazados.

Hay una serie de fotos que muestran los buenos momentos que pasaron los Morteros en Antuco. Las tomó uno de los soldados sobrevivientes y son las que ilustran este reportaje. Los jóvenes aparecen jugando a ser Rambo, con las caras tiznadas y exhibiendo sus armas. Hacen tonteras, morisquetas y se ríen como si fuera un paseo de curso. En muchos casos, como en el de los primos Henríquez, estas fotos son el último registro que queda de ellos, (en la parte inicial del reportaje está esa fotografía).

Ignacio Vallejos Henríquez es el chico que saluda de costado y hace la típica señal del hippie. Está contento de estar ahí. Para él no fue fácil entrar al servicio. Apenas cumplió 18 años, el Nacho, se fue a inscribir al igual que su primo, Cristian Herrera Henríquez. Pero no los aceptaron. Tenían sólo octavo básico y veían en las armas una forma de salir adelante. El rechazó los decepcionó.

Con todo, el postular juntos sirvió de algo. Su familias tenían las relaciones cortadas, pero su amistad los volvió a reunir. Una tarde abril, Cristián estaba tomando once con sus mamá cuando sonó el teléfono. Era el Nacho para avisar que lo habían llamado del regimiento. Las listas habían corrido y ahora existía un cupo para él. Cristián se desilusionó. A él nadie lo había llamado. Felicitó al Nacho y le cortó. Estaba jodido. ¿Porqué a mi no?. Entonces el teléfono sonó de nuevo. Lotería: los dos entrarían el 12 de abril a la compañía Morteros.
Adentro los primos se prometieron protegerse y estar siempre unidos. Pero no todo era bueno. Cuando había visita, Cristián le contaba a su mamá que por las noches los levantaban a lavar su ropa o a cortarles el pelo. Les ordenaban limpiar los baños y recoger las hojas que caían en el regimiento. A Cristián el teniente Aguilera lo trataba de “tontorrón”. Y eso le daba pena. Su mamá le hacía cariño en la oreja para consolarlo.

El día antes de la marcha, la mamá de Nacho tuvo un sueño. Vio a dos gatos negros en una caja de cartón. Ella los quería tocar, pero le daba miedo. Estaban congelados y duros.
Al día siguiente de ese sueño, mientras los Morteros marchaban en medio de una tormenta de viento blanco, Nacho fue el primero en desfallecer. El soldado Morales lo trató de ayudar. Le dio comida y lo levantó, pero Nacho no recobró la fuerza y se puso a alucinar. Decía que estaba en la playa tomando sol, que lo dejaran descansar. Morales no quería abandonarlo, pero Nacho lo echó. Pasos más adelante Morales vio a Cristián. El primo tampoco estaba en sus cabales, pero aún podía resistir. Morales le dijo que Nacho se había quedado atrás, alucinando. Cristián, en su desvarío, se acordó de la promesa. Volvió sobre sus pasos y se abrazó a su primo.

Días después los encontraron congelados y unidos, igual como los gatos del sueño.

Espérame Wuillo

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En la fotografía: El “Wuillo” Foncea.

Todas las mañanas el mayor Cereceda reunía al batallón para leerles la orden del día. El lunes 16 de mayo, 48 horas antes de la marcha final, Cereceda les informó que la campaña terminaría con un Circo. ¡Al fin había permiso para hueviar!
Los Morteros prepararon cuidadosamente su espectáculo. Escogieron como animador a Bustos, a quien los oficiales consideraban el más vivo. Bustos se la jugó con una impecable imitación de Antonio Vodánovic.
El primer show estuvo a cargo de José Bustamante y su partner Jorquera Jara, el Piraña. Los soldados eran compañeros de litera y andaban todo el día juntos. En los ratos libres ensayaban el free- style mientras otros soldados bailaban break. Esa noche rapearon el himno de los Morteros. Los sobrevivientes de Antuco recuerdan que Bustamante y Jorquera se lucieron.

Bustos anunció entonces el plato de fondo: un sketch titulado “La Escuadra Loca”. El protagonista era Wuillo Foncea quien irrumpió en el escenario vestido de instructor. Era alto, guapo y las chicas soldados no le quitaban los ojos de encima.
-¡Despierten, miércale. Todos arriba!- le gritó Wuillo a sus conscriptos y les ordenó echarse pintura de mimetismo. Uno se hizo bigotes, otro una zeta.
-Y tú  ¿porqué te mimetizaste con la zeta?- preguntó Wuillo.
-¡Porque soy el más zorro, mi instructor!-gritó el soldado.

Wuillo les ordenó formarse. A todos les faltaba alguna prenda de vestir.
-¿Dónde está  tú bota pelao?
-Se me perdió, mi cabo.
-¡Lo único que sabe decir un pelao es se me perdió!-gritó Wuillo-¿Y dónde está tu coipa?- le preguntó a otro soldado.
-¡En mi mochila, instructor!
-Este sí  que es soldado, no como ustedes pelaos de mierda. ¿Y dónde está tu mochila?
-Se me perdió, mi cabo…
Todos rieron.

El sueño de Wuillo era hacer el Servicio. Quería ponerse uniforme de combate y que sus papás lo vieran desfilar. Tenía tantas ganas que se compraba casacas militares en la ropa americana. Desde chico su papá le había inculcado el gusto por la vida al aire libre y la aventura. Y a él le parecía que el mundo militar era el resumen perfecto de todo eso. Cuando iba de campamento con los scout hacía que los muchachos marcharan y se pintaran la cara como si fueran comandos. Wuillo pertenecía a la tropa Sioux y un día les comunicó a los chicos que se iba a retirar. Había cumplido una etapa y el 4 de abril entraba al servicio.

Durante el primer mes Wuillo no dejó de pensar en su familia. Los días de visita Marta, su mamá, le preparaba comida rica y le escribía cartas, pero no era lo mismo. Cuando estaban en la casa les gustaba ir a un rincón y conversar el día acompañados de un pucho. Tenían que echar el humo afuera porque su hermana es asmática. Con la Pitu bailaban merengue. Corrían los muebles y ponían a Juan Luis Guerra a todo chancho. Wuillo sacaba sus dotes de coreógrafo e inventaba miles de pasos. Siguiéndole el ritmo, la Pitu volaba por los aires. A veces ella se cansaba y tenía que inhalarse.
-Espérame Wuillo, ya vengo- le decía ella.

Wuillo echaba de menos todo eso, pero el Ejército era su camino. Apenas terminara el servicio pensaba inscribirse en la Escuela de Suboficiales y hacer carrera militar.

Está quedando la cagada 

Miércoles 18 de mayo, 4 A.M. Suena la diana y la compañía Morteros comienza a levantarse. Después de una semana y tres días en la nieve deben volver al Regimiento Reforzado N* 17 de Los Ángeles. Los instructores están orgullosos porque sus “perros de guerra”, como le dicen a sus soldados, han cumplido con creces el período de especialización técnica. Mientras que para “los perros” este ha sido un viaje a “todo cachete”. Contreritas conoció la nieve. Bustamante se consagró como rapero. Los primos cumplieron la promesa de estar siempre juntos. Y Wuillo se lució en el circo de fin de campaña. Qué mejor.

Pero mientras se levantan, algunos tienen miedo. El día anterior la cabo Rubio de la compañía de “Plana Mayor y Logística” llegó a Los Barros con principio de hipotermia y todos la vieron. La instructora estaba a cargo de dos camionetas que trasladaban a los soldados que no podían volver marchando. El mal tiempo los atrapó y los camiones quedaron enterrados en la nieve, a la salida del estero El Volcán. Tuvieron que regresar caminando. El cabo Rubio, hermano de la instructora, les dio a los Morteros la voz de alarma.
-Prepárense, porqué está quedando la cagá.

Sin embargo, había algo peor. Nadie sabía del paradero de las compañías “Cazadores” y “Plana Mayor y Logística” que el día anterior habían partido rumbo a La Cortina. Para entusiasmarlos los instructores presentaron la marcha como si fuera una misión de guerra: llegar a La Cortina y cerciorarse que las dos compañías se encontraban bien.

Los Morteros desayunaron. Había leche, café, manzanas y pan con mermelada o mantequilla. Afuera nevaba finito. Se pusieron el fusil terciado y sus mochilas donde llevaban el saco de dormir, ropa de muda y una serie de utensilios. Los instructores los ordenaron en una columna del más chico al más grande. Adelante, marcando huellas con raquetas de nieve, pusieron a los más fornidos. Las raquetas implicaban un esfuerzo adicional porque servían para dejar la nieve como cemento. El Wuillo Foncea salió “premiado” para esa tarea.

Antes de partir, el mayor Cereceda les dio los buenos días y les confesó  que no sabía si los estaban esperando en La Cortina, o si había alimento. Les deseó suerte y se fue a su oficina.

Los Morteros salieron a las cinco de la mañana. Estaba oscuro y sólo los instructores llevaban linterna. Avanzaron 800 metros y se toparon con el estero El Volcán, el mismo donde el día anterior habían quedado atrapados los camiones. Víctor Santander, que era de los más bajos, fue uno de los primeros en intentar el cruce. Pisó donde creía que el hielo estaba duro pero pasó hacia abajo. Se apuró para que no le entrara agua helada a los zapatos. Pero no pudo evitar que la ropa se le mojara. El uniforme de los soldados no era impermeable, como el de los instructores. La mayoría quedó estilando.

Aún faltaban 24 kilómetros por recorrer y la neblina se hacía cada vez más densa. La mayoría de los soldados tiritaba, pero el capitán Olivares no transó y decidió seguir adelante.

Entonces vino la tormenta y la hilera empezó a desperdigarse. No se veía a más de dos pasos y el silbido era ensordecedor.

El Wuillo avanzó con las raquetas hasta que ya no pudo más y las tiró lejos. Antes de salir le había dicho a sus compañeros que ojalá quedara la embarrada. Wuillo era scout y había imaginado esa marcha como una gran aventura. Santander lo encontró sentado en la nieve.
-Boté  la mochila por el Wuillo y lo arrastré tres kilómetros. Pero era tan grande este hueón y yo soy tan chico que era difícil traerlo. Todos nos pasaron y nadie tenía fuerzas para ayudar. Me quedé atrás con él. Yo esperaba que él caminara solo, pero estaba cada vez más débil- recuerda Santander.

Al rato apareció el cabo Rivera, quien en un derroche de ingenio le preguntó al Wuillo como iba.
-Pal pico, mi cabo.

El instructor le ordenó a Santander que avanzará, y los dejó  solos.
-Yo le dije:”oye, la hueá que le dijiste, culiao”. Seguimos un poco, pero yo no daba más. Igual me daba como hueá dejarlo ahí. Quería salvarlo, pero era imposible. Entonces llegó Cifuentes y le dije que me ayudará. Ahí yo seguí adelante y él llevó al Wuillo.

Al soldado Cifuentes los instructores lo habían llevado casi todo el trayecto. Por tomarlo él, otros soldados se iban quedando en el camino. Cifuentes escuchaba sus gritos.
-Yo no sentía mi cuerpo, iba cansado, lento. Casi me caigo por un risco, porque habían varios precipicios y no se veía nada. Mientras mis instructores me llevaban, yo veía a mis compañeros tirados y no los podía ayudar.  Los instructores me decían: “no te preocupes, que ahí viene un camión con enfermeros que los van a recoger”. Con esa mentira me avanzaron hasta que me repuse-dice el soldado.
Cifuentes se hizo cargo de Wuillo, pero las fuerzas le flaquearon pronto. Tapó a Wuillo con un saco de dormir y siguió adelante. Cuando alcanzó a Santander le dijo que no había podido hacer otra cosa.
-Me devolví  por el Wuillo- recuerda Santander.- Él tenía la boca con nieve. Le limpié la boca, la cara. No lloraba, pero yo sí.

Wuillo le hizo prometer que iba a llegar a La Cortina con su fusil. Santander le contestó que así lo haría. A Wuillo lo encontraron 19 días después. Tenía en su mano una carta escrita por su mamá. Ahora ella la tiene en su agenda. Sólo se alcanza a leer “orgullosa de ti”.

El Refugio 

Con la nieve hasta las rodillas, José Bustamante, el rapero, caminaba a duras penas. Había botado su mochila y estaba agotado. No tenía noción del tiempo ni menos de las distancias. De pronto, reconoció un edificio en medio de la nieve. Pensó que al fin estaba n la maldita Cortina. Pero no. Era el refugio de la Universidad de Concepción. Las dependencias estaban abandonadas y los sobrevivientes empezaron a llegar aterrados y a punto de congelarse.
Para entonces nadie sabía qué había sido del comandante de la compañía, el capitán Olivares. Y el encargado de la tropa, el suboficial Grandón, tenía una sola orden: avanzar hasta La Cortina. La instrucción era un suicidio. Pero pese a todo, los soldados confiaban ciegamente en sus mandos.

Bustamante se internó en el viento y siguió marchando. Su ropa estaba mojada y apenas podía hablar.
En algún punto de este trayecto el soldado Víctor Santander apenas veía sus manos. Estaba perdido en la montaña.

-Se me caían los mocos con el frío, sentía la cara roja, hinchada. De pronto me topé con Contreritas. Venía casi muerto. No quería más, pero tuvo ganas y casi llega a la hueá del refugio de la Universidad de Concepción.
Contreritas preguntaba a cada rato cuánto quedaba. Tenía los ojos llenos de tics nerviosos. Decía que ya no sentía su cuerpo. El cabo Arraigada lo tomó en sus brazos y le empezó a hablar para evitar que se durmiera. Conteritas tenía la mirada perdida en el cielo. La nieve le caía en la cara. Esperó unos segundos y se durmió.

Mientras caminaba, Santander tenía pegada una puta canción militar que hablaba de la familia. Avanzaba sin rumbo hasta que comenzó a distinguir un camino de mochilas botadas. Era la ruta de la salvación y del horror.

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José Bustamente (primer cuerpo encontrado) y Silverio Avendaño, su cuerpo fue encontrado recién el 07 julio 2005.

-Hubo un compañero al que vi morir. No quiero decir su nombre, pero no me puedo olvidar de él. Cuando me vio me pidió ayuda: “no me dejís botado, por favor, no me dejes morir”. Le dije “agárrate de mi espalda” y avance un resto con él. El se afirmó un rato y de ahí se cayó. Me agaché a pararlo y me caí con él. Sentí un relajo grande. De ahí llegó Alvárez y me dijo que me parara. Le pregunté a mi compañero si podía seguir. Pero se cayó de nuevo. Yo le dije:”Los siento, lo siento, discúlpame”. No sé si lloró, no quise darme la vuelta. No puedo olvidarme de él.

Faltaba poco para llegar a La Cortina y Santander hizo todo el trayecto que restaba con Alvárez. Se sentaron a comer maní y vieron al teniente Aguilera gateando por la nieve. Luego se toparon con Bustamante, el rapero.
-Bustamante estaba llorando y decía que ya no podía más. Nosotros le decíamos, dale. Si falta poco. Y no llegó. O sea llegó y se murió. Lo vi entrar a La Cortina y ¡Pa!. Venía sangrando, los cabos nos dijeron que nos cambiáramos a la otra pieza. Y lo dejamos. Atrás venía mi capitán Olivares recogiendo a los soldados que se quedaban. No pudieron salvar a nadie. Pa` ayudar a todos tenís que ser Hércules, y ellos no lo eran.

Ese día murieron 29 soldados de la compañía Morteros. Nadie hizo nada, no hubo voz de alarma. Horas más tarde ocurrió lo mismo con 14 conscriptos de la compañía Andina.

Revisa el listado completo de los conscriptos muertos en Antuco (Antuco – Listado).

*Verónica Torres es periodista y ex conductora del programa “Frecuencia Abortista” de Radio Villa Francia. Esta crónica fue escrita el año 2006 y re-publicada hoy con autorización de su autora.