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Falleció a los 62 años el escritor Pedro Lemebel: El cronista de la marginalidad

 

La prosa de Lemebel siempre fue incomoda, sobre todo para un Chile conservador, para la derecha pozoña, esa que se persigna y se horrorizaba con cada acto, performance o frase que soltaba “la Yegua”, pero también para una izquierda atada a las propias estructuras mentales del sistema que pretende destruir.

Pedro, quien usaba el apellido de su madre Violeta, Lemebel, y no el Mardones de su padre panadero que salía en su carnet, falleció este viernes a eso de las 02:00 horas a los 62 años producto de un cáncer mientras permanecía en la Clínica Oncológica, Fundación Arturo López Pérez.

Ver comunicado oficial de confirmación del fallecimiento del escritor.

El cáncer le fue detectado en el 2011, un cáncer a la laringe, ironía de la vida diría él… así lo señaló en esa época el escritor: “Cómo es la vida, yo arrancando del sida y me agarra el cáncer”.

Sin embargo ganó esa pelea… por un rato. Pero su voz se fue apagando. “Fue seguramente el cigarro, los excesos” dijo en una entrevista por ese tiempo y su voz siguió extinguiéndose.

Sus crónicas retrataron la marginalidad de un Chile mayoritario pero que no tuvo, ni tiene, cabida en los medios, en los relatos arribistas de un país al que convencieron que era una replica de Londres, los ingleses de latinoamérica como pretendían imponernos, ese país que lograba entrar en la OCDE con el per capita de los ricos que promediaban milagros a costa de los pobres (que son mayoría).
Quizás por lo mismo el cuiquerío progresista cayó a sus pies, los mismos que le regalaban indiferencia terminaron consagrando ante la impotencia de estar frente a un cronista que sabía de lo que escribía, pues toda su obra por más ficción que se intentara, era una auto biografía constante de esa marginalidad a la que son arrojados los pobres y que a pesar del dramatismos “el cronista” logró encontrar su belleza.

Su militancia homosexual siempre fue aguda, revolucionaria, plástica, pero también incomoda, se olvida con facilidad que la aceptación de la diferencia le debe cuota a Lemebel, quien junto a otros y otras, no muchos para ser honestos, lograron a punta de labial y un resto de martirio, instalar una verdad del sentido común, un “Manifiesto” a la diferencia. Su trabajo en plena dictadura, a pesar de las golpizas y persecuciones constante, siempre fue clara, así lo testimonia “Las Yeguas del Apocalipsis” a finales de la dictadura, en donde irrumpía, junto a Francisco Casas, en lanzamientos de libros y que incluyó el encuentro del candidato Patricio Aylwin con intelectuales de “izquierda” (al que no habían sido invitados) y al que llegaron igual, con el memorable beso a un atónito Ricardo Lagos.  A la diplomacia de los consagrados, merecida y bien ganado, siguió con su coprolalico lenguaje incomodando y sacando sonrisas, algunas sinceras, otras hipócritas.

Lemebel, antes del cáncer, era de esos que aparecía caminando solo en en esos rincones de Santiago, se le podía encontrar en el Barrio Yungay, en el ARCIS compartiendo un trago con un grupo de estudiantes que acababa de conocer y que con fascinación escuchaban sus historias las que relataba con total horizontalidad y desprovisto de vanidad intelectual innecesaria. También se le podía encontrar en alguna marcha, con tacos y un tapado en la cabeza, por la causa que fuere, de esas que fueran lo suficientemente justa para convocar emociones y militancia, de esas que provoca constantemente la injusticia de nuestro país.

Lemebel, “la yegua”, será recordado por los medios de masas por sus pergaminos, por sus reconocimientos, por la aprobación de su prosa y esa joya del lenguaje del bajo mundo que legó, también hablaran de su “excentricidad” de su maquillaje de burdel, de sus libros, valga decir, exquisitez de libros, pero aún con todo eso no se le hará justicia, pues es difícil conocer a ese Lemebel de los libros sin haber compartido de la misma botella, del mismo vaso, subvirtiendo a la realidad por esas calles poco iluminadas donde transitan obreros, putas, estudiantes, mendigos e intelectuales de la vida y terroristas del “buen gusto”. Esto, más allá de que Pedro nunca rehuyó a los mimos, las caricias y el buen vino.

Lemebel parte, nos deja, pero vendrán otros y otras que seguirán recreando a sus personajes y continuando en la realidad, en esa marginalidad en la que hemos sido arrojados, construyendo historias y luchando para que dentro de toda esta mierda aparezca la belleza y las ganas de pelear por un mundo mejor en donde no todos ni todas seamos iguales, pero donde el sistema no te mate para defender esa diferencia y no falte pan ni justicia a nadie.