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La revolución de las palas

 * Reportaje colectivo. Texto de Ricardo Acevedo

Valpo Foto Cadena Humana

La solidaridad en Valparaíso llega de la mano de todo un pueblo que se organiza para ayudar a lo suyos. Se coordinan por redes sociales para armar grupos de voluntarios y llevar la necesaria ayuda, retiran escombros e improvisan comedores populares para la gente en plena calle. Las víctimas de la tragedia reclaman por la ausencia de autoridades, desmienten al Alcalde, dicen que “faltan manos” y están preocupados por la lentitud en el retiro de las toneladas de escombros que se acumulan en las calles. 

Junto a un equipo de reporteros independientes entre ellos; Piensa Prensa, Difamadores,  Chile Okulto, Megafono Popular entre otros, recorrimos los cerros y este es el resultado y la síntesis de un relato que aquí plasmamos. 

La familia Díaz, los Quintana Oyarzo, los Aguayo, la familia Torres, los Zúñiga Peregrin. Las quebradas están llenas de carteles con los nombres de las familias que hasta hace poco más de una semana tenían sus casas allí, en la parte más alta de los cerros frente a la bahía de Valparaíso, allí donde el viento de la costa golpea fuerte y la pobreza es una realidad que muchos quisieran esconder.

Una bandera chilena, el buzón de cartas que permanece en pie como mudo testigo de la tragedia, un simple pedazo de cartón, cualquier superficie sirve para que las familias que perdieron todo adviertan que antes del paso de las llamas éste era su pedazo de tierra, que eran ellos quienes vivían ahí. Es parte de la realidad tras el incendio que consumió seis cerros en el puerto la semana pasada, dejando un total de 2.900 viviendas destruidas y más de 12 mil damnificados.

A una semana de la peor catástrofe incendiaria que recuerde la historia de Valparaíso, los cerros siguen en pie mostrando las cicatrices que dejó el paso de las llamas, como una ciudad destruida por el paso de la guerra. “Esto es no es nada compadre, crucen esas quebradas de allá y van a llegar a Hiroshima”, nos dice Claudio, un joven de 23 años que llegó hace cinco días desde Puerto Montt, completamente solo, para ayudar a las víctimas. “No me voy a ir hasta que esté todo terminado”, agrega llevando una pala en el hombro mientras subimos por la principal avenida de acceso al Cerro El Litre.
Al igual que él, cientos de jóvenes han llegado hasta Valparaíso para ayudar en las labores de limpieza que se requieren para la reconstrucción: largas cadenas humanas y filas de personas subiendo los cerros con palas forman parte del paisaje diario por estos días en las calles porteñas, una verdadera revolución, “la revolución de las palas”. Así ha bautizado la propia gente a este verdadero fenómeno de solidaridad, uno que emana del pueblo para con el pueblo y sin la participación directa de la autoridad. Porque son precisamente ellas, las autoridades, las grandes ausentes en los cerros de Valparaíso. “Que alguien diga al alcalde que acá hubo un incendio”, gritan los pobladores cuando nos ven llegar con cámaras a registrar la tragedia.

La odisea de llegar

Para acceder hasta lo alto de los cerros siniestrados hay que realizar una verdadera travesía. Cerca de una hora a pie por subidas tan empinadas que parecen improbables. Ni siquiera los pocos autos de residentes a los que se permite el paso logran llegar fácil. Cargados con suministros y materiales para construcción, no es raro ver los vehículos estancados en mitad del camino, incapaces de enfrentar las pesadas cuestas. La escena se repite varias veces y los vecinos ayudan a empujar como quien saca un auto del barro. Al comenzar el ascenso al cerro El Litre, nos encontramos con la señora Patricia (71), que sube arrastrando un carrito con ruedas, lleno de mercaderías que bajó a comprar al “plan”, como tradicionalmente llaman los porteños al centro de la ciudad.
Nos explica que desde el incendio no dejan pasar micros, taxis, ningún vehículo en esa zona durante el día, por lo que a diario debe realizar el mismo pesado trayecto para comprar las cosas básicas para alimentar a su familia en casa. “Yo estoy enferma, me cuesta mucho subir joven, pero al menos yo vivo acá cerca. Imagine que la gente arriba tiene que subir a pie caminando una hora cerro arriba para llegar a lo que queda de sus casas”, dice.

Seguimos el ascenso y la gente se acerca de manera espontánea para reclamar que no están dejando subir ayuda y que los camiones no llegan para retirar las toneladas de latas y escombros que se acumulan en las veredas producto de las labores de limpieza. Esto a pesar de que el último balance de la Intendencia dado a conocer este fin de semana, señala que ya se han retirado 11 mil toneladas de basura. Pero no es suficiente, las latas, las cocinas, los hornos microondas derretidos, los fierros retorcidos, todo se sigue acumulando a cada minuto que pasa con el consiguiente riesgo para la salud de la gente.

Las cadenas humanas

Llegamos hasta el cerro El Litre, uno de los más golpeados y donde sus vecinos reclaman por la ausencia casi total de las autoridades. Allí vive un total de 3.846 habitantes y, según un informe dado a conocer la semana pasada por la empresa Goesearch, el 64% de ellos pertenece a los estratos socioeconómicos más bajos (D y E). El paisaje es desolador. Vemos a cientos de voluntarios que realizan cadenas humanas para sacar los escombros. Son largas filas de hombres y mujeres que recorren desde las quebradas hasta las calles principales, atravesando escaleras en un posta solidaria kilométrica que impresiona.

Pero la ayuda es insuficiente. Hace unos días el Alcalde de Valparaíso, Jorge Castro, señaló que no se necesitaban más voluntarios en los cerros, situación que los vecinos desmienten categóricamente. “Lo que más falta son manos”, dice un grupo de jóvenes que señala pertenecer a una agrupación política de izquierda y que vienen desde de diversas comunas de la V Región. En un comienzo se muestran hostiles, afirman no creer en los medios de comunicación. “Dicen que no se necesita más ayuda y eso es falso”, gritan tajantes, mientras a fuerza de pala siguen limpiando de escombros la quebrada.

Así como ellos, son decenas los grupos de jóvenes que han llegado a colaborar. Algunos pertenecen a grupos religiosos, otros son universitarios, en tanto que una gran mayoría llegó desde diversas ciudades organizándose por Facebook. Y es que a diferencia de otras catástrofes que han azotado Chile, esta vez no han sido las cámaras ni las maratones televisivas al estilo “Don Corleone” el principal motor de la solidaridad de la gente: ha sido el mismo pueblo que de manera espontánea se ha organizado para ayudar, llegando en grupos desde Santiago e incluso desde ciudades como Iquique y Puerto Montt.
Tal ha sido la solidaridad, que ayer la Armada prohibió el ingreso de más ayuda a Valparaíso salvo materiales de construcción. Dicen que los centros de acopio están saturados, pero en los cerros podemos ver que gran parte de lo que se está repartiendo no es la ayuda que llega desde el gobierno, sino la que está entregando la misma gente que se organizó e hizo colectas en su barrios antes de llegar a Valparaíso.

Comedores populares

Nos trasladamos hasta el Cerro Las Cañas, con 4.965 habitantes de los cuales más del 60% también vive en situación de pobreza. Es la hora de almuerzo y los voluntarios han hecho un alto en el trabajo. En diversos puntos se improvisan comedores y grupos de jóvenes se acercan a ofrecer un plato de comida, una fruta, agua embotellada y sándwiches. Nadie pregunta nada, si vives ahí o si estás trabajando de voluntario, la ayuda simplemente se entrega, a todo el que se encuentra en el lugar y sin pedir nada a cambio. Se almuerza de pie, sentados en una vereda, o en comedores improvisados en las pocas casas que quedan en pie tras el paso del fuego.

En una de ellas, que los vecinos apodaron “la milagrosa” por ser la única entre decenas de casas consumidas por el incendio que resultó intacta, encontramos un grupo de jóvenes pobladores de Puente Alto que llegó a retirar escombros. “Nos organizamos por Facebook, llegamos el miércoles de la semana pasada para ayudar”, cuentan mientras la dueña de casa, la señora María Teresa, sirve a cada uno un plato de sopa para que recuperen fuerzas. Al igual que en todas las casas que hemos recorrido el reclamo es el mismo: no han llegado las autoridades y el alcalde el es el gran ausente. “Yo voté por el señor Jorge Castro”, dice la señora María Teresa, “no puedo creer que nos haga esto”, reclama.

Cuenta que el Senador Chahuán es el único que los ha visitado, que llevó baterías para poder alumbrar la casa ya que se encuentran sin luz. Según el último informe del Intendente de la Región, Ricardo Bravo, hasta el fin de semana contabilizaban 1543 familias sin electricidad. La señora María Teresa dice que de noche no se ve absolutamente nada. “El señor Chahuán prometió que nos iba a traer más cosas, prometió soluciones, pero todavía no las ha traído”, agrega. Mientras nos sirve un vaso de bebida, cuenta que no sabe como su casa se salvó, que sus hijos llegaron desesperados a echar agua y que, al final, el fuego simplemente pasó por un lado. “Fue un milagro joven”.

En lo alto del cerro Las Cañas se aprecian los cerros completamente quemados a medida que las llamas se abrían paso entre las quebradas. En las calles se siguen apilando los escombros y las latas, con muchos autos completamente calcinados. Algunos de ellos siguen en los mismos estacionamientos donde estaban guardados cuando se desató el incendio. “Se vende, recién ajustado, único dueño”, reza un cartel puesto a modo de broma sobre un auto que yace quemado en uno de estos estacionamientos.
Unas casas más allá, sólo queda la estructura de una puerta en pie y, sobre ella, un cartel diciendo que “se necesitan chiquillas para el mambo, pasar acá, la cosa está que arde”. La dueña de casa, la señora Eliana, pide mil pesos por sacar una foto y se larga a reír. Porque a pesar del abandono, la marginación y la vulnerabilidad a la que están expuestos por ser la última prioridad en un Chile cada vez más desigual, los porteños que viven en los cerros olvidados por el gobierno no pierden el sentido del humor.

Una batucada viene bajando desde la cumbre, la gente baila y acompaña a los músicos cerro abajo como si se tratara de una fiesta más, de esas que siempre se hacen en los cerros del puerto. A un costado, dos mujeres preparan un guiso en una improvisada olla común sobre la calle. Nos cuentan que son un grupo de profesionales de la salud de Santiago que se organizó por Facebook para ir a prestar ayuda a los vecinos de los cerros afectados. “Llevamos 72 horas prácticamente sin dormir. Estamos acá desde el miércoles, ofreciendo primeros auxilios y atención para los voluntarios que están acá trabajando”, relatan.

Así se vive la solidaridad en los cerros de Valparaíso, un fenómeno social que muestra a un pueblo más empoderado, con capacidad de organizarse a pesar de las tragedias, que no está dispuesto a sentarse a esperar por la ayuda de gobernantes que prometen con lindas frases de campaña, pero que raramente cumplen. Muchos de los jóvenes que siguen a esta hora en los cerros son los mismos que marchaban hace unos años pidiendo educación gratuita, los mismos estigmatizados por los medios de comunicación tradicionales como violentistas.

“Gracias a los voluntarios y la solidaridad de todos”, se lee en un cartel sobre los restos de una casa incendiada en una quebrada. Cientos de banderas, las del Chile pobre, las que no participan del crecimiento económico, flamean en lo alto de los cerros de cara al viento que no da tregua. En las calles, un pueblo que se levanta literalmente solo, un pueblo que se alza una y otra vez, hoy literalmente, de las cenizas.

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