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OPINIÓN: “Nuevas FARC, Misma Revolución”

Por L. Alberto Rodríguez

No faltaron las aves de mal agüero que apostaban que el proceso de paz en
Colombia fracasaría, cuando éste se anunció públicamente en el 2012. Es
cierto que no les faltaban razones para pensar así, ya que las FARC venían de
tres procesos fallidos de pacificación donde habían sufrido consecuencias
fatales, con cientos de revolucionarios asesinados y tantos más presos
políticos, muchos de los cuales aún esperan fecha de amnistía. Pero los
diálogos terminaron y la guerrilla dejó las armas para integrarse a la vida
política abierta bajo el nombre Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común.
O sea que la paz, ha sido. O al menos, el fin de la guerra.

Claro que todo está por escribirse. La paz nunca es un asunto acabado. La paz
requiere justicia, bienestar, trabajo, techo, educación, felicidad. Hay que
construirla, revolucionarla y protegerla. Cuando en el 2013 entrevisté al
comandante fariano Marco León Calarcá éste me aseguró que la dejación de
armas no significaba que las FARC renunciarían a la revolución. De
concretarse la conformación de la guerrilla en un partido político –me dijo
entonces– , la lucha seguiría por otras vías, pero los ideales permanecerían
¿Qué ideales? La paz, la justicia social y, por supuesto, el socialismo para
Colombia. Ese es el camino.
Ahora resta que el Estado cumpla su parte. Se requiere el desmantelamiento
del paramilitarismo que está identificado con la ultraderecha nacional
agrupada en el partido Centro Democrático que lidera el ex presidente Alvaro
Uribe Vélez, quien encabezó el último periodo álgido de agresión militar
contra las entonces FARC-EP y encarna toda la pudredumbre política y
económica habida en Colombia. Se necesita la excarcelación de las y los
presos políticos farianos que vienen luchando desde hace años por sus
derechos, incluido Simón Trinidad, preso en cárceles de Estados Unidos. Se
requiere limpiar el sistema electoral envenenado por el dinero y liquidar
todos los aparatos de espionaje y persecución a integrantes de la izquierda
colombiana. Se requiere también democratizar los medios de comunicación
para asegurar el destierro de la manipulación. Se requiere, entonces, que el

Gobierno garantice lo que se consiguió en la mesa de La Habana: las bases de
un nuevo país.
Me queda claro que las FARC vienen haciendo su parte. Y hasta que el Estado
colombiano no termine de hacer la suya habrá riesgo de retroceso. Eso es
claro. Hay peligro latente ¿Y si las FARC se equivocaron al dejar las armas?
¿Quién puede confiar así en el enemigo de tantos años? ¿Se reeditará la
masacre de la Unión Patriótica? Y sobre todo, ¿vale la pena la ociosidad de
pensar en todo lo anterior?
Es necesario también dejar de joder con si las FARC se equivocaron, o no. La
moral no se juzga hacia atrás. Una decisión así sólo puede medirse hacia
adelante, con las consecuencias, con lo que venga. Si una acción es buena,
sus consecuencias serán buenas. Y no puedo encontrar mayor bien que la
paz. Quien no lo entiende así, no sabe un carajo de la guerra. Y falta al
respeto a quienes la han resistido, no en las consignas y a la distancia, sino
bajo la tormenta de fuego.
Bienvenida la FARC. El partido de la rosa roja. La Fuerza del Común. El partido
de la paz. De la revolución y el socialismo. Con ella nace de por sí uno de los
partidos políticos de izquierda más grandes e importantes de Latinoamérica y
de lo que hagan dependerán muchos otros procesos políticos que vienen
detrás. Por tanto, jamás se nos olvide que han sido ellos y ellas quienes han
regado la sangre para que, de la pólvora, brotara la flor de la paz. Una flor, a
cuya sombra nos cobijaremos.

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