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Sobre el delirante Editorial de El Mercurio contra el humor político en Viña del Mar: “El miedo del Poder al Humor”

“Donde se carece de sentido del humor, se manifiesta el Dogma”

Editorial Radio Villa Francia

El fenómeno del cargado humor político durante el Festival de Viña del Mar, tanto en rating como en en los posteriores debates tras cada presentación, se ha convertido en el tema de la semana y, en la preocupación de una serie de consultoras y empresas de asesorías de imagen contratadas por prominentes políticos. Con risa nerviosa, no han sido pocos los actores de la política contingente quienes han respondido ante la consulta de periodistas a propósito de las rutinas de la y los comediantes, Natalia Valdebenito, Edo Caroe y Rodrigo González quienes, dentro de su rutina de stand up comedy, han reflejado el malestar generalizado de la ciudadanía con la clase política. Así lo constata el informe del Consejo para la Transaparencia quien esta semana publicó su 7° Estudio Nacional de Transparencia, en el que se puede constatar que cerca del 91% de los encuestados tiene poca o ninguna confianza en las capacidades de la clase política para resolver los problemas del país.

Los casos Penta, SQM, Caval y Corpesca, entre otros, marcaron la pauta noticiosa del 2015 y lo siguen haciendo. El financiamiento ilegal de campañas, el tráfico de influencias y el nepotismo evidencian la crisis de una democracia representativa poco representativa y con evidente -por no decir obvia- supeditación al gran empresariado, reflejado en las leyes del Congreso y en las decisiones que, más allá de rimbobantes anuncios de reformas, siempre terminan siendo acotadas y, de paso, asegurándose de no molestar en demasía a los poderes fácticos consagrados a “Don Dinero”.

El humor político, que si bien no es nuevo en la Quinta Vergara, está ganando terreno en una sociedad que busca transparencia y, por qué no, justicia virtual, esto ante la generalizada creencia de que la justicia no aplica igual para todos. Cabe recordar lo ya vivido por Piñera con la exitosa rutina de Stefan Kramer en el mismo escenario, a la que se suma la rutina de Palta Meléndez e incluso el propio Coco Legrand, entre otros, por mencionar los más recientes. En ellas se apreciaba, aunque quizás no tan descarnadamente, una crítica contingente a los políticos (o a uno más en particular), lo que ha cambiado es que ya no es “al político X” (en singular), hoy es a la clase política (en general y plural). Sin embargo dichas rutinas eran acotadas y eran hechos excepcionales en un mar de rutinas de chistes cortos y fáciles. Ahora se habla de una oleada, de comediantes de la realidad -al estilo de comediantes gringos que festinan con la política- y que logran empatizar con el sentir generalizado: “El pico gigante en el ojo de cada día” como graficó y resumió Edo Caroe durante su rutina.

La preocupación acusa recibo y es expuesta y anunciada como “preocupante amenaza” por el Editorial del, por excelencia, portavoz de la élite chilena: El Mercurio. Es así que este jueves 25 de febrero el medio vocero del “Partido del Orden” ha publicado una delirante Editorial en donde enciende las alertas por lo peligroso que se puede tornar este fenómeno. Si bien el Editorial parte de la base de la “libertad de expresión”, acusa doble moral en el sentir de la masa que juzga los actos condenables moral y éticamente cometidos por la clase política, entonces pide “igualdad de trato para, por ejemplo, los evasores del transporte público”, tratando de poner al mismo nivel la millonaria evasión tributaria de empresas para financiar a campañas políticas con el usuario que no paga el Transantiago, (sin duda, un toque de humor mercurial).

Pero el Editorial no se queda solo ahí. Agrega que ésta crítica es “a todo el sistema institucional, lo que puede tornarse demoledor“. Aquello, según el histérico Editorial del Diario de Agustín Edwards, daría paso “al clásico cuadro aprovechable por demagogos que postulen utopías, siempre históricamente fallidas, conmocionantes para las sociedades, y a menudo cruentas“, haciendo referencia a la siempre presente caricatura del fantasma de la Revolución. Así la advertencia de El Mercurio es clara y literal, señalando que “el humor puede ser una advertencia sanadora, pero también desatar fuerzas que luego escapan al control de todo”, es decir, de seguir está senda de representación del descontento, se estaría a un paso del caos.

Y es que al poder -históricamente- le ha preocupado de sobre manera el humor y la risa. Bien lo resumía el recientemente fallecido escritor italiano, Umberto Eco, en su novela “El nombre de la Rosa”, texto (aviso de spoiler) que trata sobre un manuscrito, “La Comedia” de Artistóteles, que los guardianes de la fe protegían con celo. Esto, porque Dios es poder y a Dios se le debe temer, por tal, la risa impide ese principio básico de la dominación: El temor. Es por ello que las hojas del viejo manuscrito de Aristóteles se encontraban envenenadas, generando de paso el temor a leer sus páginas (y un guión interesante para convertir la trama en un best seller histórico-detectivesco).

La base de la dominación, del ejercicio concreto del poder, es el temor, el temor a Dios, a las leyes y a los principios sagrados, pues todo aquello constituye el andamiaje de la institucionalidad sacralizada en “la autoridad”, aquella que no debe cuestionarse, el acto de fe por excelencia, el dogma del “si señor” y el “así son las cosas”. El hombre teme a la ley porque si la incumple cae preso (pierde la mayor virtud humana, la libertad). El hombre debe ser temeroso de Dios porque, de lo contrario, no entrará al cielo. “A los presidentes no se les ridiculiza, pues su investidura es sagrada, por Dios! es el presidente!” rezaba una escena de la Serie política “Scandal”. Es por tal entendible que El Mercurio vea más que “simples chistes políticos”, de hecho, no plantea que, por el hecho de que se pongan de moda la institucionalidad se vaya a caer, ni que con ello se esté haciendo una revolución per se, lo que el diario de Agustín advierte, y quizás tenga algún grado de razón dentro de su delirante e histérica Editorial, es que dicho fenómeno genera condiciones en donde, la gente (“masa” dice el matutino peyorativamente) comience a perder el miedo y exigir ya no solo transparencia ni conformarse con un “comunicado oficial” ante los escándalos de la élite en su Olimpo, sino que busca justicia (popular, no refinada y de plaza pública) y que ésto, dé paso al “populismo” en el libre albedrío que se supone permite la democracia, que el mismo diario -contradictoriamente a su historia- ha dicho defender (más allá de su apoyo abierto a la Dictadura y su condescendencia al poder siempre presente), que no es otra cosa que pedir gobiernos de mayoría (no de nombre sino de hecho), justicia social y más de uno que otro empresario o político ladrón en la guillotina, o en su defecto, tras las rejas.

El humor puede -aunque no siempre lo es- ser subversivo, mucha veces él o la comediante no lo busca pero, al reflejar y retratar la realidad, no se escapa de lo que está presente en ella, el malestar, la indignación, el acto de reírse de la desgracia a tal punto que se supera y hoy por hoy, lo que queda claro es que nuestra desgracia es nuestra clase política y su institucionalidad.

Editorial de El Mercurio: “Humor Sanador”

El fenómeno de los números humorísticos que en el Festival de Viña del Mar se han encarnizado contra virtualmente todas las formas institucionales públicas y privadas de nuestro país no puede ser ignorado. Cierto es que, terminado ese evento, irá cayendo en el olvido natural, para permanecer solo en la crónica de anécdotas.

No lo es menos que la libertad de opinión y expresión -que obviamente incluye el humor- no puede ser restringida más allá de cuanto la Constitución y la Ley establezcan, y cabe presumir -y esperar- que los organizadores de dicho festival y los humoristas respectivos atenderán a no exceder sus limites ni lesionar los derechos de quienes son su blanco.
Asimismo, ese público que exulta al ver arrastrar a tantos a un pantano de descrédito, y aun azuza ese procedimiento, está también en su derecho y no se le puede pedir a una masa que demande refinamientos ni rechace procacidades. Pero si ese mismo púbico siente que con eso está aprobando una forma de reproche moral, y si se admite que él es representativo de un sentir nacional mayoritario, cabría preguntarse por la incongruencia de que sea indiferente ante otros actos reprochables en que tantos incurren, como, por ejemplo, la creciente elusión maliciosa del pago en el transporte público y muchas otras formas habituales de inclumplimiento de obligaciones legales o deberes éticos.

Y, asimismo, contrasta ese repudio con el alto grado de satisfacción con las propias vidas personales en todos los segmentos que muestran regularmente las encuestas, como si lo social y lo individual no estuvieran entrelazados.
Con todo, más allá de esa duplicidad de estándares, resta el hecho de que, transversalmente, las figuras publicas están hoy notificadas de cómo las percibe la ciudadanía. La atmósfera que denota la reacción del “monstruo de la Quinta” da que pensar. Ni derechas ni izquierdas pueden alegarse, ni autoengañarse con la ilusión de que esa percepción daña más al adversario que a los propios: es todo el sistema institucional el que aparece enjuiciado y descalificado en grado que puede tornarse demoledor.
Si la burla verbal, pero sin mayores consecuencias prácticas, deviniera a la postre en un nihilismo y una desconfianza generalizados, sería el clásico cuadro aprovechable por demagogos que postulen utopías, siempre históricamente fallidas, conmocionantes para las sociedades, y a menudo cruentas.
El humor puede ser una advertencia sanadora, pero también desatar fuerzas que luego escapan al control de todo. [Transcripción completa del Editorial aparecida en la edición impresa de El Mercurio]